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ALMEDA: DE LAS BARRACAS AL HIPERCOR

(A modo de clave para jóvenes y forasteros)

Que  nuestro Cornellà nunca ha sido notable en lo que respecta al modelo urbanístico que ha inspirado el crecimiento, es una evidencia.

En la década de los años veinte ya había quien, a pesar de las restricciones a la libertad que imponía la dictadura del general Primo de Rivera, denunció que permitió el establecimiento de núcleos de población aislados en todo el término municipal era una verdadera chapuza y que lo que correspondía era terminar de urbanizar el actual barrio Centro y planea ensanches urbanos a partir de los límites del casco antiguo.

Entonces, aquel clamor fue como picar en hierro frío.

Llegar a aquella situación no había sido sin embargo, fruto de la casualidad. La estructura socio-económica de la población no daba para más. Veamos: la agricultura, a pesar de conservar un fuerte protagonismo, había pasado a segundo término y la industrialización era una realidad. No obstante, la existencia de diferentes industrias textiles, metalúrgicas y del sector químico provenía del establecimiento de sociedades anónimas, con sede barcelonesa, totalmente desligadas de la realidad cornellanense. En nuestro pueblo, vivían los obreros y, aunque no todos, porque ya entonces carreteras y caminos vecinales y ferrocarriles hacían que se llegase desde todas partes.

Ahora, sin embargo, en lo que respecta a los fabricantes, Cornellà quedaba reducido exclusivamente a un lugar bien comunicado y favorable para inversiones, pero no para residir. 
Es por eso que el legado de aquella burguesía, a diferencia de otras poblaciones catalanas industrializadas en que se lo puede constatar aún hoy en día, en nuestro país es inexistente.
Un simple listado de omisiones nos deja patente esta ausencia: falta de asociaciones profesionales y de instituciones financieras genuinas de la comarca, inexistencia de patrimonio arquitectónico digno, dependencia cultural hacia Barcelona etc.

La falta de fabricantes de Cornellà condicionó negativamente aquellos años de crecimiento intenso porque, al no existir un proyecto de ciudad forjado para ser llevado a cabo por parte de la clase social que detenía el verdadero poder económico, hizo germinar la semilla del trinchamiento urbanístico del término municipal, del desierto cultural y de la suburbuanización.

.A las puertas de la primera etapa republicana ya eran suficientemente constatables los resultados de la venta indiscriminada de solares hecha, al margen de del planeamiento urbanístico global, durante los años precedentes Esta parcelación, que habían iniciado algunos propietarios de fincas bien avenidos con el poder político local, tuvo un resultado: núcleos de población aislados y desarticulados del casco urbano en el Padró, en la Gabarra, en Fatjó, en Riera y en Almeda, la población de los cuales 1940 ya sumaba 3.308 habitantes (42% del total de la población censada).

El poblamiento de estos embriones de los actuales distritos obedecía a un asentamiento de población recién llegada, que por otra parte, en Cornellà no era casual ni desconocida. Años atrás el establecimiento de "industrias ya había atraído población de otras comarcas catalanas y había conducido a la apertura de las calles que unían Rubio y Ors y la calle Jacinto Verdaguer y la posterior urbanización de la Rambla Anselmo Clavé.

La novedad respecto a aquellas otras fases de incremento poblacional y crecimiento urbano radica en el hecho de que, en esta última, tan sólo una parte de los habitantes gozaban de la condición de población de derecho, ya que los nuevos espacios urbanizados también acogían segundas residencias. Este fenómeno durante unos primeros años fue muy importante en los barrios del Padrò y la Gavarra, y de menor importancia en Almeda, tanto por número como por el nivel económico de sus habitantes.

Habría, sin embargo, constatar una segunda diferenciación: mientras los barrios de la zona norte del término se nutrían de trabajadores empleados en las fábricas ubicadas a lo largo de la carretera de Esplugues y de la vía de la Renfe, los primeros residentes del Almeda fueron familias que habían sido desahuciadas a raíz de las obras de la Exposición Universal y veraneantes de condición humilde. Efectivamente, la venta de parte de la finca del último conde de Belloch a diferentes compradores, entre los que la familia Almeda acabaría dando nombre a la barriada, había sido la causa de que desde 1925 se iniciaran las primeras construcciones.

El paisaje que configuraban las sencillas edificaciones de madera que se levantaron fueron popularizadas por parte del resto de cornellanenses con el uso del topónimo "Las Barracas" y, por el contrario, en Almeda siempre se había utilizado el nombre de Cornellà para referenciar el vecindario del actual barrio Centro.

Una vez terminada la guerra, fue abandonada la ejecución de los proyectos, realizados por el Ayuntamiento republicano, que hubieran podido corregir el aislamiento de las barriadas. Además, del cierre del apeadero del ferrocarril, abierto en 1937, y del cierre de las escuelas de Can Mercader se añade la incapacidad gestora de las nuevas autoridades. Valgan como ejemplo los ocho años empleados por el Consistorio (1941-1949) para llevar a cabo el proyecto de un colegio que, por si fuera poco, nunca fue ejecutado.


Tiempo de miseria y esclavitud laboral presidido por el racionamiento y el estraperlo, iniciado con una cruel y masiva opresión que progresivamente, a medida que la dictadura se afirmaba, fue dejando paso a una represión policial selectiva.
Y fue un síntoma de esta aparente relajación del Régimen la recuperación del asociacionismo, hasta entonces restringido a las entidades adictas -Patronato Cultural y Recreatiu- u oficiales -Educación y Descanso- dirigido de forma exclusiva a los vencedores de la guerra.

En el cambio de década, entonces se insinúa, con la contribución de la llegada de la primera generación de adultos ajenos a los campos de batalla, un proceso de reencuentro de ambos bandos enfrentados en la guerra. El ocio deportivo, el folclore y otras actividades de la cultura popular fueron el vehículo que materializaron la creación de nuevas entidades y la reapertura de las que habían sido suspendidas.

A pesar de la marginalidad que imponía el aislamiento y los déficits del barrio, desde Almeda se participa en esta recuperación. Se constata, asimismo, la coincidencia de características y objetivos entre los ciudadanos de toda Cornellà protagonizaban en la recuperación y la mezcla con gentes de procedencia ideológicas republicanas y la homogeneidad  idiomática y cultural catalanas estaban presentes de igual manera entre los fundadores de la UEC, los antiguos socios del Orfeó que consiguieron el sobreseimiento de la clausura impuesta en 1939, los promotores del Club Ciclista etc, y los vecinos de la Almeda que en 1948 crearon la Sociedad Recreativa.

Iniciada por ex-miembros de sindicatos obreros y de partidos catalanistas, depurados o reconvertidos al uso de la época, hicieron posible que, a través de la Sociedad Recreativa Almeda, en la barriada se desplegaran durante unos años una serie de actividades teatrales, folklóricas y de ocio, que, a pesar de la precariedad y la condición periférica de Almeda, mantenía un hilo de continuidad con la comunidad cornellanense y con el pasado.

En 1954 acababan de enterrar las tarjetas de racionamiento, las estadísticas señalaban que se habían recuperado los niveles de renta de antes de la guerra y era un hecho la consolidación del empleo industrial del ámbito Siemens-Padró.

En cuanto a la parte baja del término municipal, la dinámica que genera la instalación de las primeras industrias en Almeda, conjuntamente con la reapertura de la estación y la riqueza del acuífero, conllevó el diseño de nuevas islas de uso industrial con fachada a la carretera de L'Hospitalet que si bien hacían irreversible la consolidación del polígono industrial, hipotecaban el crecimiento de la zona de viviendas desde el núcleo originario del barrio (calle Teodoro Lacalle) hacia la carretera. En este sentido hay tener presente que el primer proyecto de ubicación de la escuela y capilla hecho años atrás situaban estos servicios en la calle Dolores Almeda a pocos metros del cruce con la carretera.

Con todo, como consecuencia del gran alud inmigratorio, una parte importante de la población malvivía. Alejada de la marginación en la medida en que disfrutaba de un contrato laboral  pero a la vez rozaba la marginalidad levantando barracas en las orillas del río, agujereando cuevas en taludes de la vía de Renfe o amontonando familias realquiladas, tal como quedó patente en el informe oficial que en 1957 que preveía en Cornellà un déficit de 1500 viviendas.


Hasta entonces todas las energías -que no proyectos- que se habían esmerado en poner fin para resolver la progresiva agudización del problema de la falta de viviendas había topado con el desinterés de los industrias y la falta de terrenos públicos. La donación de un solar por parte de la familia Almeda facilita un nuevo intento exitoso. Aprobadas 1953, terminadas en 1956 y adjudicadas a finales de 1959, la construcción a cargo del Instituto Nacional de la Vivienda de los "pisos de Almeda" tenía que transformar el barrio.

Fué entonces a principios de los años sesenta cuando la evolución del barrio  Almeda adquirió una dinámica diferenciada del resto de la población por razón de coincidir el aumento del número de vecinos y la riada de 1962, la primera de una larga lista de adversidades colectivas a superar.
Porque demográficamente, el crecimiento repentino que representa las ciento sesenta nuevas familias que estrenaron las nuevas viviendas, si bien no se rompe la tendencia de los pobladores del barrio a vivir más hacia Hospitalet, que hacia el casco urbano, fue significativo dotar al barrio de escuela e iglesia.

El sobresfuerzo exigido a la población inmigrada para superar las desventajas iniciales (aunque el 50% de las familias que habitaron los nuevos pisos hacía de uno a cinco años que residían en Cornellà, tan sólo trece eran constituidas por matrimonios catalano-hablantes no entorpece el papel aglutinador y dinamizador de la parroquia de San Jaime. Al contrario, fue común al desarrollado a lo largo de la década por la de Santa María y la de San Miguel, que actuaban en un medio con porcentajes superiores de población autóctona.

Efectivamente, tanto en el Padró como el barrio Centro, la entrada en escena de una nueva generación de vicarios había significado un enriquecimiento de la vida parroquial. Más allá de los servicios religiosos, la incorporación al núcleo dirigente de las parroquias de feligreses ajenos a Acción Católica, órgano que desde 1939 constituía el eje común con los rectores, permitió la creación de escuelas, fundación de un agrupamiento escolta etc ,.

A diferencia, de la de Almeda, estas parroquias no consiguieron territorializar sus actividades porque, como se ha mencionado, el conjunto de sus feligreses respondía a una mayor complejidad en lo que respecta a la estratificación social y por otra parte van tener que coexistir, como núcleos dinamizadores, con las entidades ya existentes.

En cambio, la parroquia de San Jaime actúa en un medio de reducidas dimensiones, huérfano de entidades y círculos de influencia, y homogéneo socialmente.

Y así, de la misma manera que fue un hecho la correlación existente entre el establecimiento de la parroquia y la organización de las primeras fiestas mayores, a raíz de las secuelas de la riada de 1962 se hizo evidente el rol que, las familias iban adquiriendo con la parroquia como referente del conjunto del vecindario. Todo ello posibilitó emprender otras actuaciones inmediatas (creación del dispensario, encauzamiento de la Cooperativa de Viviendas San Jaime, fundación del Centro Socia Almeda) que contenían explícitamente o implícitamente el intento de dignificación del barrio. De aquí al estado de "reivindicación" tan sólo había que recorrer un paso a la culminación del proceso de identificación del vecindario con sus "instituciones": los primeros balbuceos de la organización obrera y la lucha en favor de la canalización del río harían el resto.

Paralelamente el asociacionismo tradicional cornellanense vivía la crisis provocada por la deserción de los socios que iban incorporándose a la sociedad de consumo y, en consecuencia, cambian la vida asociativa de los fines de semana por la televisión y las colas en las carreteras este abandono provoca el atrincheramiento y la parálisis de las juntas, lo que provocó que la juventud, más interesada en nuevas actitudes ante el ocio, ignorasen su existencia.

No es de extrañar pues, que al igual que el barrio se convirtió en laboratorio de movilizaciones urbanas, se convirtiera  a su vez en polo de atracción del sector de jóvenes de toda Cornellà que desde finales de los sesenta decantaban el inconformismo juvenil hacia el compromiso social y político.

Isla de libertad, el Centro Social Almeda de aquellos años fue un espacio "okupado" donde satisfacer inquietudes y desde donde hacer tangible la oposición a la Dictadura, cerrando el paso al desmantelamiento del barrio, impidiendo la construcción de viviendas en Can Mercader ... Tal vez, sin embargo, convendría hacer hincapié de la capacidad para autoalimentarse la lucha política a favor de la oposición antifranquista, todo exportando tácticas movilizadoras hacia las justo estrenadas Asociaciones de Vecinos y de aprovechamiento, previa democratización, de las viejas entidades cornellanenses  todavía en manos de los socios inmovilistas.

Esta generosidad tuvo efectos perversos, puestos en evidencia ya a finales de la década (1976-1979), en el que la etapa reivindicativa iba cediendo paso a la de integración a la nueva realidad de libertades, el peso específico de la política opositora se trasladaba en el barrio Centro y el grueso de la población despertaba en primavera democrática de aquellos años.

Entonces, emergieron otra vez los déficits infraestructurales del barrio, agravados aún más por la agudización de la crisis económica y la desindustrialización del polígono industrial. Como si todo hubiera sido un espejismo apareció la realidad de un barrio infradotado, poblado de día de obreros en paro o en lucha en contra del desmantelamiento de las naves, que se debate entre un futuro industrial incierto, renconvertidor de máquinas y personas, y la necesidad de una planificación urbana que lo salvase de la marginalidad.

En este estado, las actuaciones infraestructurales (colectores, red alcantarillado etc,) realizadas en los primeros años de democracia municipal no pudieron contrarrestar de forma inmediata esta situación. El barrio entonces, inicia la travesía del desierto de los años ochenta: Emigración de población joven y / o cualificada hacia otros distritos de la ciudad, tan sólo frenado por el progresivo aumento del precio de la vivienda, y una acelerada suburbialización cultural.
Las inversiones públicas de los años que precedieron los Juegos Olímpicos (construcción de
la Ronda de Dalt del Litoral, soterramiento del Ferrocarril, las declaraciones de zona de urgente reindustrialización y planificación del Campo de l'Empedrat) se sitúan en la base de este último impulso constructor aún no concluido. Transformación acaecida en la periferia del barrio, que ha sido paralela a la crisis de la aluminosis, el progresivo envejecimiento de la población y la incógnita del relieve del Centro Social. Todo ello plantea el reto de la capacidad para integrar una nueva población que vive a caballo de las rondas, pasean en Can Mercader y tal vez suspiran por el Hipercor.

Joan Tardà i Coma