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Cornellà como factoría de hombres

Manuel Campo Vidal
(Prólogo del libro de Joan Carcía Níeto)
L'honestidad d'un compromís.

Hubo un tiempo no muy lejano en los últimos años del franquismo, aunque eso suene casi a prehistoria - que el nombre de Cornellà, unido al del Baix Llobregat llegó a ser mítico en la política española.

Algunos corresponsales de la ciudad escuchamos narrar al alcalde de entonces. Josep María Ferrer Penadés, a su vuelta de un viaje a Madrid cómo un general del Ejercito había llegado a comentar en su presencia: “España tiene dos preocupantes problemas la ETA y Cornellà”.

El mismo alcalde en otra ocasión explicaba que, sin avisar y por supuesto de incógnito, Antonio García Hernández entonces vicepresidente del Gobierno Arias y ministro de la Gobernación, había visitado las áreas industriales de Cornellà. Aquel hombre que como Arias, Carro Martínez, Rodríguez de Miguel y otros procedían de los despachos de la temible Dirección General de Seguridad quería conocer el escenario real de los informes policiales que llegaban a su mesa de trabajo.

También de incógnito porque vivía en la clandestinidad, Gregorio López Raimundo, secretario general del PSUC. Había recorrido más de una vez, según nos conto él mismo, las fabricas de Almeda y el área industrial de “Cornellà de dalt” (Elsa, Siemens. Plásmica, etc.

Los partidos políticos clandestinos aseguraban a principios de los años 70 que tenían gran influencia en las movilizaciones obreras y populares del Baix Llobregat y, si no tenían militantes, los inventaban o los enviaban de otras zonas.

En el verano del 74, en Paris, en una asamblea política sobre España, cuatro jóvenes de Corrnellà que habían participado activamente en la reciente huelga general del Baix en apoyo a la lucha de los trabajadores de ELSA, escuchaban atónitos la narración de unos troskistas que aseguraban que en las calles del Baix los manifestantes exigían armas para la revolución popular, por supuesto bajo la dirección de camaradas suyos. Lo que no podían imaginar los troskistas era que entre el público los escuchaban e inmediatamente los desmentirían cuatro activos militantes de aquel conflicto (Raimon Junyent, Luis Campo. Carles Esteban y Javi Baena amigos personales además de Carles Navales, el líder de ELSA).

En septiembre de 1976 recién nombrado Adolfo Suarez presidente del Gobierno tras la catástrofe del gabinete Arias-Fraga, un extraño personaje que alardeaba de tener amigos entre el generalato español y en la Embajada de los Estados Unidos nos mostraba una primera prospección electoral por el sistema mayoritario, no el proporcional que terminaría imponiéndose. Su nombre era Antonio García López y era conocido porque trece años antes, el 20 de diciembre del 73, el día que murió Carrero Blanco, había telefoneado a París a Santiago Carrillo atribuyéndose la representación del teniente general Manuel Díez Alegría. García López que impulsaba un denominado Partido Socialdemócrata que fracasaría en las urnas en las futuras elecciones del 15 de junio del 77 nos recibió en su empresa “Crédito Federal”, en la calle del Segre número 14, de Madrid, en el mismo edificio donde poco antas habían sido detenidos Joaquín Ruiz Jiménez, Felipe González, Antón Canellas y otros dirigentes de la Plataforma Democrática.

¿Quiere usted saber, Campo, cuantos diputados obtendrían los comunistas si terminaran legalizados?
Me interesa saberlo, desde luego.
Solo cuatro.
¿Se puede saber en qué distritos?
Sevilla, Vallecas. Margen izquierda del Nervión y Bajo Llobregat.

El dato corrió como la pólvora al día siguiente en los ambientes de oposición de Cornellà y de toda la comarca. Daniel Álvarez, el viejo camionero comunista, nos hizo la prueba del nueve: (Debemos estar trabajando bastante bien si hasta los americanos y mira que les habrá costado reconocerlo, ya ven inevitable que tengamos un diputado).

En aquellos difíciles años con un movimiento obrero ya consolidado procedente de las huelgas de Siemens (la primera en 1962), Pirelli (1970), Fama, Clausor, Elsa, Tornilllería Mata, Laforsa, etc; y un movimiento urbano que se inicio en el 70 con la oposición al Plan Parcial Almeda y siguió con fuerza tras las inundaciones de septiembre del 71, en aquellos años comenzó a vivir en Cornellà una segunda y curiosa inmigración: una inmigración política. El conflicto también tenía un atractivo y todos los grupúsculos querían situar a alguien en el Baix Llobregat.

Durante los 50 y los 60 la ciudad había dejado de ser un pueblo multiplicando por diez su población en sólo 20 años (10.000 habitantes en el 50, 95.000 en el 70). Aquella explosión demográfica tenía origen en la diáspora andaluza y de otras comunidades, una hemorragia humana agravada por el Plan de Estabilización del 59. Pero tenía una explicación precisa dentro del propio término municipal de Cornellà: la construcción de la Ciudad Satélite de San Ildefonso, una ciudad dormitorio que desde 1960, cuando empezó a edificarse, habrá recibido al menos una visita semanal de sociólogos, políticos, urbanistas y técnicos de cualquier especialidad urbana.

La Satélite había sido aprobada por el Pleno del Ayuntamiento que presidía el alcalde Rius el día de Nochebuena de 1959 con prisas, algo de nocturnidad y cabe suponer que también de alevosía a la vista de lo que sucedió después. Sólo se pensó en las viviendas que era lo que se podía vender y los planificadores, por llamarlos de algún modo, olvidaron transportes, escuelas, mercados, ambulatorios.

Todavía colea una polémica sobre el origen del nombre según se puede leer en un número da la revista El Pensamiento de Cornellà, cuya colección se conserva en la Biblioteca Joan Maragall, al engendro se le puso Ildefonso en recuerdo del urbanista Ildefonso Cerda, el padre del Ensanche barcelonés que podía esperar mejor homenaje urbanístico en la posteridad; según otra versión, se le llamó así por decisión del presiente de la inmobiliaria, Josep María Figueres Bassols, actual presidente de las Cámaras de Comercio, porque ese era el nombre de su padre. Y sirva la anécdota para subrayar la vinculación con Cornellà de otro hombre importante de la política y la empresa española, Figueres, como lo sería el de Claudio Boada, actual presidente del Hispano Americano, que desde el Banco de Madrid decidiría años después el cierre de Laforsa.

En aquel Cornellà revuelto de fábricas, y de operaciones urbanísticas especuladoras, los datos escalofriaban a mitad de los 60. Según Constancí Pérez Aguirre, entonces teniente alcalde de Cultura, en la Ciudad había 11.000 niños sin escuela en 1965. A cualquier hora de la mañana o a media tarde las calles eran un enjambre de críos sobre todo en la parte alta de la ciudad. Cornellà cumplia en aquel momento todos los requisitos necesarios para generar bastantes promociones de delincuentes y marginados.

Por aquella época, más o menos, debió aterrizar en la ciudad Joan N. García Nieto Paris. La primera noticia que yo tuve de él y de Alfonso Carlos Comín fue en la Semana de la Juventud del 68. A través de ellos nos l legaron las primeras impresiones de lo que había supuesto el Mayo Francés.

No sería justo decir que un hombre solo, aunque fuera de la talla de Joan N. García-Nieto, salvó la situación, Fue un cúmulo de circunstancies, esfuerzos e iniciativas bastante desordenadas en los que cada cual hizo lo que pudo y entre todos lograron evitar que aquel polvorín social estallara. A riesgo de olvidar por desconocimiento otros trabajos, cabe citar lo que supuso en aquel desconcierto juvenil el Atletismo que impulsaba Eduard Gisbert, el propio Patronato Municipal de Cultura y Deporte, el Centro Social Almeda, el Orfeó, el Patronat, las parroquias de Sant Miquel, Santa María y Sant Jaume de Almeda, la UEC, el Casino de Sant Ildefons, años después las asociaciones de vecinos, etc. Pero, antes, las Juventudes Comunistas y sobra todo las Comisiones de Barrios y Fabricas en las que llegamos a militar hasta 200 jóvenes de la ciudad.

No tengo un recuerdo de Joan García-Nielo como el del organizador nato sino el de un consolidador. En situaciones así suele darse la explosión, la gran reacción: y después de nuevo al desierto. Tengo la impresión de que a cada paso que dábamos unos u otros. García-Nieto, aunque probablemente también lo hubiera inspirado de alguna forma, cedía el protagonismo y él entonces apuntalaba, consolidaba, incluso tuve la sensación en algún momento de que además del apuntalamiento general nos apuntalaba especialmente a algunos de nosotros cediéndonos una participación en sus estudios sociológicos sobre Cornellà y el Baix, permitiéndonos injustamente que escribiéramos un epilogo a un magnífico trabajo sobre la Juventud Obrera que había realizado con Alfonso Carlos Comín en el Instituto de Estudios Laborales de ESADE.

Su transferencia de conocimientos no puede resumirse en una sola frase porque ni fue solo intelectual, ni solo política, impartió clases de análisis marxistas en el sótano de la Iglesia de Sant Miguel pero no fue profesor de esa única signatura. Osciló con gran inteligencia entre la primera fila y la segunda cediendo el protagonismo en cuanto en la escena aparecía alguien con capacidad y dispuesto a asumirlo. Me pareció en algún momento que eso sucedía con nosotros en la lucha de los barrios o con la Asamblea de Catalunya tiempo después; con Juan Ramos, Carles Navales o Emilio García en el plano sindical O con Ignasi Riera en el plano cultural.

Pero cuando las circunstancias políticas generales o las detenciones cerca nuestro recomendaban prudencia, entonces era él quien tomaba la palabra en la iglesia de Santa María con el templo repleto de obreros y las calles llenas de policía.

En el cuartelillo de la Guardia Civil su nombre era maldito. Con Miguel Salas nos tocó informar a los agentes del programa que habíamos negociado con el Gobierno Civil para la Semana Cultural de Almeda, en octubre del 70…Fue una conversación tensa aunque con notas deliciosas porque descubrimos que incluso el cabo primero responsable de información no sabía nada de la vida que te rodeaba. Creía que Paco Ibañez era un novelista y Francisco Candel un cantante y al leer un acto titulado «Retrospectiva The Beatles» mostraba su extrañeza de que un conjunto tan conocido fuera a actuar al pequeño barrio de Almeda. No entendía nada de lo que le contábamos entre papales y pólizas pero si sabía quién era Joan N. García-Nieto. Es más: sabía que la N. que figuraba tras el nombre de Joan quería decir Nepomuceno. Cuando les mostramos el permiso del Gobierno Civil para su conferencia, permiso que nos había costado exactamente 17 viajes a la plaza Palacio, sintieron una desazón espacial.

Aquella conferencia en Almeda de Joan fue tremenda. Al sargento de la Guardia Civil que asistía de uniforme le caían chorros de sudor por su tez cada vez más amarilla. Con Paco Ibañez que estaba sentado también atrás, coincidimos en que aquel hombre había pasado buena parte del acto discutiendo consigo mismo sobre la conveniencia de ponerse en pie y cortar aquello.

De todo esto, pronto se cumplirán 20 años, a veces, reflexionando en solitario o con amigos como Carles Navales, Ignasi Riera, Luis Campo, Ramón Rull, Ignasi Subirats y otros, me he ido construyendo en mi mente una imagen de aquel Cornellà como algo parecido a una superposición de fábricas.

Porque había fábricas reales con metalúrgicos, químicos y vidrieros, fábricas de fortunas porque Sant Ildefons fue uno de los negocios inmobiliarios más descarnados de la España de los 60); otros llegaron a Cornellà atraídos por su fama de fábrica de revolucionarios y con Ignasi Riera, otra de las personas a las que creo que la ciudad debe un homenaje y así lo propuse junto con el de Joan, cuando el Consistorio que presidia Frederic Prieto me invito a pronunciar el Pregó de Festes con Ignasi he ironizado alguna vez sobre la condición de fábrica de novelas, además de todo lo que sabemos, que Cornellà tiene para él.

Para mí que Joan García-Nieto tuvo y tiene una idea distinta de ese conglomerado de fábricas. Para él Cornellà fue básicamente una factoría de hombres; de hombres cristianos unos y otros no; de gentes comunistas o socialistas, aunque no la totalidad; pero factoría de hombres y mujeres comprometidos todos con su tiempo y con su país.
Joan no fue un inmigrante político; lo fue con todas sus consecuencias como demuestra el que todavía viva en Cornellá porque Cornellà es también su vida. Dudo mucho que la Compañía de Jesús lo enviara allí como alguien especuló una vez y si parece más probable que el Vaticano en algún momento de crisis Interna y por supuesto en la época de involución actual intentara apearlo de la ciudad donde quema su vida.

La factoría que dirigía Joan se enclavó en aquel conglomerado de fábricas, de todo tipo que me parece distinguir desde la perspectiva que da el tiempo y la distancia geográfica. En aquella factoría, que todavía echa humo nos formamos tantos como pudimos haciendo horas extras hasta la extenuación, Pero valió la pena.

Sin él y sin otros probablemente nuestra vida se hubiera deslizado hacia otras visiones del mundo que nos ha tocado vivir.