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Contra corriente

El Periodico.com
El recuerdo de una catástrofe transformadora


Cornellà conmemora los 40 años de la noche que quedó bajo las aguas del Llobregat

El 20 de septiembre de 1971, Cornellà quedó hecho un Macondo. Desde el año 1100, el Llobregat se había salido de su cauce hasta aquel día, a su paso por el delta, en no menos de 185 ocasiones. Las avenidas del río están casi religiosamente censadas. A una incluso se la bautizó. 1617 es El año del Diluvio en la historia de esta mansa cuenca que vierte al mar habitualmente unos 19 metros cúbicos de agua por segundo. Pero hace 40 años, a la altura de Martorell, 3.080 metros cúbicos de agua por segundo amenazaban con transformar río abajo no solo la vida cotidiana inmediata de Cornellà, como así fue, sino que con su empuje poco menos que lograron alterar la línea del tiempo de la ciudad. El limo en las calles fue fértil para que, en los últimos años del franquismo, creciera fuerte y robusta una indignación vecinal capaz de plantar cara en la calle a la torpeza de las autoridades. Cornellà era un Macondo. «En los huertos del barrio de Almeda yacían panza arriba los coches que el río arrastró desde el centro de la ciudad». Lo cuenta Ramon Rull, víctima de la riada y comisario de la exposición La memòria del fang, que Cornellà inaugurará el próximo martes en recuerdo de cómo hace 40 años el cielo se desplomó y el pueblo se levantó.

La exposición (abierta al público hasta el 23 de octubre en el Castell de Cornellà) es un recomendable recorrido en el que, en una primera sala, es inevitable asombrarse por lo meteorológico.

Las lluvias del 20 de septiembre de 1971 fueron poco comunes, incluso para el litoral catalán, donde el verano suele despedirse con aguaceros tremendos. En Manresa cayeron 95 litros por metro cuadrado. En Sallent, 170. En Martorell, tal vez aquel día el lugar de la Tierra donde con más intensidad llovía, los litros por metro cuadrado fueron 350. El Llobregat bajaba hecho una furia y en el delta soplaba un fuerte levante que empujaba el agua del mar cauce arriba. Y en mitad de ese pandemonio, Cornellà.

40.000 PARADOS EN UN DÍA / Aureliano Buendía, en la novela de Gabriel García Márquez que narra el nacer, crecer y morir de Macondo, recela y no cree que el diluvio que condena a su ciudad sea solo obra de vientos, cumulonimbos y bajas presiones, así que señala como culpable a la compañía bananera como los vecinos del Cornellà del 1971 pronto descubrieron que las obras de construcción de la autopista A-7 fueron tan culpables como el mal tiempo de que en solo unas horas más de 20.000 personas perdieran todas sus pertenencias (casa incluida, a veces) y que más de 40.000 descubrieran al amanecer que habían perdido su trabajo.

La ingeniería que se empleó para el trazado de la autopista fue un desatino. Estranguló el paso del río, así que aceleró su curso y el agua llegó a Cornellà a unos 80 kilómetros por hora. La ciudad tenía que protegerla, santa inocencia, un muro de tierra levantado a raíz de la riada de 1913. Cayó en la primera embestida. El Llobregat decidió entonces que el camino más directo para llegar hasta el mar era la calle de Rubió i Ors. La calzada de la calle quedó a más de dos metros de profundidad. Una mujer sobrevivió de puntillas sobre la mesa del comedor respirando el palmo de aire que quedaba hasta el techo. Con todo, nadie murió.

A las ocho de la tarde los coches de la policía municipal dejaron de circular por la calle alertando del riesgo de inundación porque media rueda ya estaba bajo el agua. A las 12 de la noche eran las barcas del club náutico y de la Comandancia de Marina las que con dificultades surcaban las calles. Solo a partir de las tres de la madrugada, en la más absoluta oscuridad, pues un apagón agravó la desdicha, el nivel del agua comenzó lentamente a descender.

EL HEDOR / Lo que quedó después fue un paisaje muy representativo del monstruo de dos cabezas en el que se estaban convirtiendo las ciudades agraciadas con aquello que el franquismo definió (así salía hasta en los libros de texto de la escuela) «polos de desarrollo». El agua arrastró bidones, furgonetas, maquinaria y, además, una amplia variedad de animales de granja que muchos vecinos criaban en el patio de casa para sustento personal. A los dos días, el hedor de gallina y vaca muertas causaba náuseas. Tanto como la parálisis de las autoridades.

Y entonces sucedió lo inesperado. Con los pies en el barro, unos centenares de vecinos decidieron alzar la voz. Es, sin duda, el recorrido más emocionante de la exposición.

En el barrio de Almeda se habían producido ya con anterioridad algunos breves conatos de críticas a la autoridad vigente. En los días posteriores a la riada cuajó una respuesta organizada que ya no abandonó Cornellà hasta el advenimiento de la democracia.

La riada fue un lunes. El jueves, la Guardia Civil dispersaba a porrazos a una setentena de indignados frente a las puertas del ayuntamiento. Eran días convulsos. Para La memòria del fang, Cornellà ha desempolvado la correspondencia que intercambiaron hace 40 años el alcalde y el gobernador civil de la época, temerosos ambos de que «elementos subversivos» tomaran el timón de las protestas. No era del todo un temor infundado. La gran avenida del Llobregat fue una suerte de diluvio que, como si de un antiguo testamento se tratara, puso a resguardo en un mismo barco a una pareja de líderes vecinales, un par de dirigentes sindicales, una pareja que lo había perdido todo, dos jóvenes que se habían quedado sin trabajo... De aquella arca salió el nuevo Cornellà,

SILENCIO MEDIÁTICO / El mérito de aquellas gentes es que exigieron lo que era justo pese al franquismo y sin apenas complicidades externas. La prensa de la época prácticamente ignoró no ya las protestas, sino incluso la propia riada. El Correo Catalán no hizo referencia a las inundaciones en los dos días posteriores. El tercero, una escueta columna. Cuatro días más de silencio y, al quinto, un breve comentario elogioso por la «entrega de las primeras ayudas a los damnificados». Ese fue el tono general de los medios de comunicación, con contadísimas excepciones, como la de la revista El Pensamiento, que dedicó un monográfico tan extremadamente profesional a la catástrofe que terminó por costarle el cierre.

De la riada de 1971 podrían contarse muchas cosas. El modo en que los vecinos menos damnificados se volcaron en ayudar a quienes lo perdieron todo sería injusto tratarlo en pocas líneas. Así que, como colofón, mejor un retrato cruel pero perfectamente enfocado de por qué no hay peor riada que un mal gobierno.

En 1972, las autoridades habían reconstruido el terraplén de protección, y tan moderno era que hasta tenía una puerta metálica que se cerraría herméticamente en caso de riada. El 7 de junio de 1972 se inauguró a bombo y platillo. La fiesta duró un minuto. Se estropeó. Veánla en La memòria del fang.

CARLES COLS
Domingo, 18 de septiembre del 2011